¿Serán una historia más?

¿Serán una historia más?

¿Qué si estuve ahí cuando llegaron? Claro que estuve, por lo que oí, venían de muy lejos. Llevaban años buscando la señal y, al verla -un águila postrada en un nopal devorando una serpiente-, se emocionaron y comenzaron la construcción de la gran Tenochtitlan, una hermosa ciudad sobre el lago y nosotras a su alrededor.

Con sus habitantes tenía una buena convivencia, me consideraban como un lugar sagrado, realizaban ofrendas con cantos y danzas para tomar el agua de mis ríos, así como, las plantas y animales que vivían en mí. Yo disfrutaba observar cómo entrenaban sus guerreros águila sobre una de mis laderas, la neta se la rifaban en las guerras.

Pero todo cambio cuando llegaron esos raros españoles, todos cubiertos de metal. Hasta acá me llegaba su hediondez; no quiero ni pensar lo que sufrieron los mexicas al tener que soportarlos, con lo pulcro y delicaditos que eran.

Estos españoles fueron de lo peor. Creyéndose los conquistadores, con su idea de civilización cambiaron las costumbres y tradiciones que había. Comenzaron a usarme a su antojo, ¡Como un objeto pues! porque según ellos, eso dijo su Dios. Entonces dejé de ser importante, ya que de mí solo se obtenían cosas pa’ los indios y los caciques merecían de lo mejor. Pero el gustito nomás les duro 300 años, porque un día se pusieron chingones los pobladores de la Nueva España y lograron su independencia.

Yo estaba recontenta, emocionada ¡Todo iba a mejorar! Eso pensé, pero… pos no; me equivoqué. Se puso peor; ahora no solo me olvidaron a mí, sino también a los pobladores que habitaban en mis laderas. Fue cuando me dije: «¿Qué puedo esperar de estos “seres inteligentes” si entre ellos se olvidan y maltratan?»

Y, pues nada, así pase a formar parte del pequeño pueblo de Cuautepec. Los habitantes no tenían grandes emociones, sin embargo, la pasábamos chido. Hasta que un día, a algún ingenioso se le ocurrió protestar por sus tierras. «¡A chinga! ¿sus tierras?». Si son mías.

Pero bueno, comenzaron el alboroto y nuevamente ganaron. Ahora tenía que llamarlos «señores ejidatarios». Estos sinvergüenzas se daban el lujo de extraer el delicioso agua miel de mis magueyes para elaborar pulque, además de sembrar en mi suelo, su maíz, su jitomate, sus quelites, todo eso que llaman milpa, ¡si serán torpes! mis características no sirven pa’ eso. Se olvidaron que tengo mis propios procesos y tiempos. Según ellos, me dominan y usan a su antojo, pero no más me muevo tantito y salen corriendo por todas partes gritando: «¡está temblando!, ¡se está deslavando el cerro!, ¡Ay Dios mío! ¿por qué ocurren tantos desastres naturales?». «¿Desastre yo?» Desastre ellos que lo han provocado todo y ahora resulta que yo tengo la culpa de sus desgracias.

Pero, como les decía, estos ejidatarios solo pudieron cultivar unos cuantos años en mis tierras, además de extraer cantera de uno de mis cerros. Las muy gandallas hasta trajeron un ferrocarril para facilitarse las cosas y transportar sus productos. Cómo era molesto el ruido que hacia esa chingadera. Al final me dejaron toda desnutrida y seca, y desapareció la mayoría de los animales y plantas que vivían en mí.

Como ya no les daba beneficios, entonces se dieron el lujo de vender mis tierras, como si con su cochino dinero pudieran representar mi valor. Vendieron un pedacito por aquí, un pedacito por allá y en menos de cincuenta años, pase de tener en mis laderas a unos cuantos pobladores a más de trescientos mil. ¡Háganme el chingado favor!, esto se ha vuelto un desmadre. Ahora las personas viven en condiciones precarias, hay asfalto sobre mi suelo, entubaron mis ríos, construyeron casas, viajan en sus carros, han transformado todo a través de sus procesos industriales. Solo observo una gran mancha gris debajo de un gran espesor de humo.

Sembraron en mis tierras unos árboles llamados eucaliptos. Son tan ácidos que está cambiando mis propiedades; pero eso sí, estoy obligada después de la chinga que me han dado, a agradecerles que hayan reconocido una pequeña parte de mí, como Área Natural Protegida, bajo el nombre de Sierra de Guadalupe, por la cercanía que tengo con el cerro donde según apareció su Guadalupana.

Con todo esto, me dan lastima y asco al mismo tiempo. Siempre corriendo, amontonados, estresados, peleando unos con otros; siempre buscando acumular riquezas materiales, bajo el dogma de lo que ellos llaman capitalismo. Según, esto les dará la felicidad, pero lo único que verdaderamente está ocurriendo y que no saben, es que están acabando con su propia especie, y sucederá lo que he visto antes, una extinción. Lo que me sorprende es que en los catorce millones de años que tengo en este planeta nunca había visto cambios tan drásticos en tan poco tiempo.

Lo que les he contado ha ocurrido en apenas 700 años, como ellos dicen, en un «abrir y cerrar de ojos». A mí me importa un carajo si se extinguen o no, sé que, con el paso del tiempo y por diversos procesos, otros seres poblaran mis tierras. En fin, solo de ellos depende cambiar su pensamiento y acciones si quieren seguir viviendo. De lo contrario solo serán una más de mis tantas historias.

Créditos:

  • Texto: Grisel Estrada
  • Organización: Vocho Galáctico

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